DÉCADA DE ESPARCIMIENTO

 



El año dos mil dieciocho; está perceptible por el más cálido jamás registrado. El efecto invernadero en la atmósfera, alcanza niveles récord y las cotas de gases siguen aumentando. -

Luego de mi cumpleaños; donde quedaron moldeadas en mi retina, imágenes inolvidables; llega el momento de una nueva década; una década de esparcimiento, junto a mis seres queridos, con amigos y a mi lado; el amor espontáneo, mi rosa del desierto. –

Febrero; pleno verano; con su hermana y cuñado, sumados a la aventura; es el inicio, para disfrutar un fin de semana en un lugar muy al norte; límite con el país vecino. Una hostería del siglo pasado; reservación mediante. -

Sobre el mediodía, arribamos con nuestros dos vehículos; recibiendonos en sus largas y cálidas galerías. Aparcamos en la parte posterior, rodeado   pequeñas y elegantes palmeras; una obra de arte por el equilibrio y la armonía. En la parte superior, podemos apreciar la réplica de antiguos herrajes y barandas de madera torneadas artesanalmente con su forma y color, proporcionando una calidez al visitante. Recepción mediante; nos conducen a la parte superior; nos hospedan en sus habitaciones, con una vista formidable a las praderas; deseándonos una feliz estadía. –

Acto seguido; nos dirigimos al salón comedor. -

Un restaurante coronado por una gran chimenea, para las estancias invernales; el ambiente evoca esplendores de otra época; la combinación de sus muros de piedra, candelabros con luces tenues, crean un entorno ideal, para una degustación de comidas equilibradas. Aceptamos una variedad a la carta y una botella de buen vino de la comarca. Alzamos nuestras copas y el repiqueteo de los cristales, anhelan una vida armónica y renovada. -

Mediante un descanso reparador; hacia la tarde, un encuentro con la piscina exterior con sus elegantes reposeras de madera, nos invitan a un pleno descanso con salpicones de zambullidas en la fresca agua. El astro rey va acariciando el horizonte, para dar paso a la sombra y con ello, el chispeo de las estrellas. Un buen descanso, es lo mejor para luego deleitarnos de una cena sin lapso. La sobremesa, se extiende en un paseo por los magníficos caminos, iluminados por faroles de época; recorremos sus alrededores, engalanados por bellos cocoteros, hasta llegar a un punto de reserva. Una mesa torneada de mantel blanco; sobre ella, una cubeta plateada y en su interior una botella de champagne con cuatro cálices; gentileza del alojamiento. Charlas sin tiempo, hacen de la estadía una aceptación amistosa. Un lugar para disfrutar de los placeres de la vida, abriendo nuestros sentidos; coexistir con la naturaleza; encontrarnos con gigantes piedras que dan historia a millones de años. Nos sentimos muy a gusto y en paz. Constituimos un grupo afinado y le ponemos nombre y sello; a partir de hoy, somos…” Todos por el brunch”. –

Continuará…

 

 


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