Luego del encuentro con mi padre, nos dirigimos, mediante un auto muy antiguo, en préstamo que un amigo le ofreció, a un lugar muy lejos del centro de la ciudad, en un momento cruzamos por un gran edificio de ladrillo, una especie de catedral con una cúpula central y cuatro grandes torres adornan la nave central, con enormes ventanales de colores.-
Mis ojos, no dan abasto
para registrar en imágenes todo aquello tan distinto y tan deslumbrante.
Minutos más tarde, arribamos a un lugar de pequeñas casas, algunas de madera y
techos de lata y otras elegantes de ladrillo y jardines. Cada una de ellas
separadas por terrenos abandonados. El auto, al cual le decían “cachila “, se detuvo junto a un largo corredor de tierra, rodeado de grandes
arbustos, llamados “transparentes”.-
Bajamos el equipaje y los tres, mi padre
delante, recorremos el sendero de aproximadamente quince metros, hasta llegar a
la puerta de una pequeña casa de madera
y techo de lata. Entramos y a mi
derecha, un cuarto grande con una ventana pequeña, seguido, un espacio grande,
donde está una mesada y un biombo que
separa, supuestamente un lugar para dormir.-
Prolongamos y se asoma un estrecho y pequeño
terreno a cielo abierto, cercado de un alambrado entrelazado a la altura de una
persona; allí mismo un pequeño habitáculo de ladrillo y suelo de cemento;
incluía una taza blanca de forma ovalada
empotrada en el suelo, un caño exterior terminado en una roseta y una pileta de
cuatro patas con una saliente en ranuras, a la izquierda de la misma una
hendidura, tal vez para apoyar una barra de jabón.-
Continuará…
