UN DÍA DE DUELO

 


Siete de la tarde, diecisiete de agosto; su organismo queda inmóvil. Un gran beso en la frente, me despido, diciéndole…” te lo prometo…descansa en paz”. -

Los médicos y enfermeros, hacen su aparición para disponer del cuerpo y llamar a la empresa que, lo transportará a su preparación póstuma. -

Me abrazo con mi madre. Luego de unos cuantos tramites; nos alejamos del hospital, rumbo a casa. Familiares, gente amiga, vecinos; acuden para darnos sus sentimientos. –

Día dieciocho, recinto velatorio; la concurrencia de multitud amiga, es sorprendente. Personalidades de distintos rubros comerciales; forjan su presencia para proporcionar el último adiós. Mi madre y yo, sentados al lado del féretro; tomados de la mano y con las otras tocando el ataúd; le hago llegar mi sentimiento…”  gracias por todo lo que hiciste, por ser la persona ejemplar y un puntal de sostén en mi vida”. –

La carroza, comienza su marcha hacia el panteón de reposo. Al llegar, junto a otras personas, tomo parte de alzada y sostener la abrazadera para dirigirnos a la urna correspondiente. Unos instantes de meditación; en este instante saco de mi bolsillo, un mapa carretero de su país natal; lo deposito sobre el armazón castaño de madera y le digo …” que tenga s un hermoso viaje…”. -

Mientras, los operarios del cementerio, lo sitúan en el receptáculo; memorizo por un instante, todos los consejos que me ha brindado; sus ilusiones de volver a su morada; recorrer los senderos que la vida le ha concedido en su juventud. Como su enfermedad, llegó antes del viaje; cometo el arrojo de comprarle el mapa de su terruño, como símbolo de regalo póstumo. –

Continuará…