Son días de mucho revuelo, mi madre que va y vine a la ciudad, comienzan los preparativos para dejar la aldea.-
Este día, La casa se
viste diferente, hay un sabor amargo en su entorno, caras tristes que disimulan
para no ser testigos de la despedida.-
El almuerzo, una
excusa, para que el adiós no sea tan dramático. Están en la mesa, mi padrino,
mi abuela, mis dos tíos, uno había llegado hace dos días del servicio militar;
mi madre y yo. Comimos casi en silencio, un buen cocido con sus tazas de vino
tinto, acompañado de hormas de pan redondos recién horneados. Un golpe en
puerta, anuncia la llegada de nuestro vecino para despedirse, hombre muy jovial, hizo de la sobremesa una señal divertida.-
Con abrazos, llantos y
alguna sonrisa, nos despedimos, mientras en la senda que aparta nuestra casa de
las demás; el auto del cura de la parroquia, conducido por su sacristán, nos
espera para llevarnos a la estación del ferrocarril. Viene con nosotros, mi
padrino, las dos maletas y un pequeño baúl con unas pocas pertenencias, ellas son llevadas a la cajuela del coche. En la
estación, nos estrechamos en un gran abrazo, mi madre con su padre y yo con la
persona más importante de mi vida.-
Subimos uno, dos,
tres escalones y nos sentamos del lado de la ventanilla; el tren, al segundo
silbato se puso en marcha hacia el puerto, viajamos toda la noche, allí nos espera el barco para llevarnos al otro
lado del océano.-
Desde la ventanilla, alzo mi brazo y con la
mano en movimiento de abanico, mis ojos nublados y una lágrima que se desprende de mi mejilla digo: “adiós”.-
Abrazado de mi madre, trato, mientras el tren
sigue su curso, recordar los bellos momentos que he pasado en mi pueblo.-
Continuará…
