El idioma, es una de las causales por cual no me atrevo a manejarme solo, en esta ciudad. Solo tengo algunas nociones de mi ciclo básico, cuando era estudiante. Pero con la ayuda del primo de mi padre, la jornada se hace más amena. –
A partir de este
momento, nos dirigimos a un lugar subterráneo, llamado subte, nos trasladamos a
un barrio opuesto, para saludar a un matrimonio amigo, el señor, muy amigo de
mi padre en la época en que sentaban a la orden de su país. El subte, se
desliza bajo tierra y en un instante recorre bajo el rio, que separa los dos
barrios en apenas diez minutos. Llegamos a destino, son las nueve de la noche y
las luces desde este otro lado, son más electrizantes que las anteriores. -
Tomamos un taxi que nos lleva al domicilio de
dicha familia. Abrazos mediante y alguna lágrima caer sin pensar, pauta la
enorme alegría de ver a dos amigos. Luego de la cena, fuimos a recorrer el
centro, avenidas repletas de transeúntes, saliendo y en entrando a teatros,
cines, salas de conciertos; restaurantes uno tras de otro con diferentes
estilos gastronómicos. Mis ojos no dan parte a tremendo espéculo ciudadano; los
edificios enormes de cuarenta, setenta y más pisos. Allá en el fin de los rascacielos; así les
llaman aquí, una fina línea azul de un cielo estrellado. –
A la vuelta, tomamos
el tren subterráneo nuevamente, esta vez, presté atención al cambio de sonido,
mientras circulaba por el túnel debajo del rio, una sensación de eco agudo y
prolongado. Escaleras mecánicas nos conducen a la salida y recibir el ajetreo
de las avenidas y el andar de la multitud. Una ciudad que no descansa, son las
dos de la madrugada y parece que son las ocho de la noche. Verdaderamente
fascinante. -
Continuará…
