Corren los primeros días de abril del año mil novecientos setenta y uno. Hoy, al mediodía en las oficinas del registro civil, se realiza el enlace con mi novia. Juez y testigos mediante, comienza el ritual cívico. Presentes en este acto, nuestras familias, amigos y los tíos de mi padre que han arribado días atrás, desde el país caribeño. -
Terminada la ceremonia,
un beso selló nuestra unión con los aplausos de los presentes y la aprobación
del juez.
A dos días siguientes,
nos preparamos para la gran celebración religiosa. Hora nueve de la noche, con cierto
nerviosismo, espero en el altar de la iglesia, adornada con bellas flores, lazos
blancos en el extremo de cada fila de asientos, se prenden las luces de los
enormes colgantes de la nave central. Me acompaña como madrina, su madre. Los
primeros acordes de la marcha nupcial, marca la abertura de la gran puerta del
recinto, dejando ver a mi futura esposa, vestida de blanco con una corona
sujetando la larga mantilla que mi madre había comparado en el viaje, una
verdadera princesa salida de los cuentos infantiles. La acompaña, mi tío,
hermano de mi padre y socio en el restaurante. Los pasos se hacen lentos. Al
llegar al altar, el padrino, me la entrega y tomando su mano, nos dimos vuelta
hacia el santísimo. Las notas del ave maría, salen al aire del hermoso órgano,
ubicado en la parte alta trasera del templo, una voz de un joven, entona sus
estrofas. Mientras continua la celebración litúrgica, un monaguillo le alcanza
al sacerdote, una bandeja plateada, portando los dos anillos de oro blanco que
había traído del viaje. Tomando cada uno de nosotros el correspondiente, lo establecemos
en nuestros respectivos dedos anulares y jurarnos amor absoluto por el resto de
los tiempos. Con los acordes de una nueva melodía, nos dimos media vuelta hacia
la gente que vino a presenciar, un largo beso, selló nuestra unión ante todos.
Con pasos lentos, nos dirigimos hacia la salida, saludando a ambos lados del
corredor, hasta llegar a la puerta de ingreso y allí una lluvia de arroz,
aterrizó sobre nuestras cabezas. -
Acto seguido, nos
dirigimos a un estudio fotográfico para dejar modelado, el perdurable instante.
Un momento tan singular de la vida, donde todo se convierte en un futuro
inesperado, pero con el ánimo de llegar a un gran cambio. -
Casi, las doce dela
noche, el remise, nos deja en la puerta del gran salón, anotado ya para el gran
festejo de la boda. Los acordes del gran vals, todos los invitados, se ponen de
pie y aplauden en cada vuelta y deslizamiento realizado. Su hermano la saca a
bailar, luego el padrino y así sucesivamente se fueron alternando, hasta
concluir de nuevo conmigo y darle un giro más elegante a una noche soñada. -
Los invitados,
agrupados en diferentes mesas, disfrutan del ágape contratado por una confitería
de conocido nombre. Una orquesta, regalo del constructor que le trabaja a mi
padre, da inicio a su popurrí de canciones aleatorias de diferentes ritmos. La
gente se divierte con gran enardecimiento. -
Las cuatro de la mañana,
llego el momento del ansiado corte de la torta de cinco pisos. Fotos,
felicitaciones, augurios de un lindo suceso y como quién se dispone a cometer
una travesura, nos fuimos escapando, para llegar a nuestro lugar de confort. El
vestido blanco, lo desprendo bajando el cierre, hasta dejar ver su cuerpo y
allí culminar el rito de prologadas horas. -
Continuará…