Cuando el reloj, da las once y treinta de la mañana, me dirijo a la residencial donde tengo hospedada a mi madre. –
Mediados del año dos
mil nueve; la salud de ella se fue agravando, llegando el momento de no poder
atenderla como se merece. Consejos de sus médicos y de mi rosa del desierto;
optamos la triste pero efectiva decisión; albergarla en una esfera para
personas de edad mayor, con sus dificultades tanto motrices como mentales.
Recibo el consejo de dichas personas y la decisión es acertada; tanto para
ella, que va estar cuidada con esmero, como hacia mí; poder continuar con mi
vida, con más libertad y no sucumbir en tratamientos psicológicos. -
Un beso en la frente,
es el esperado momento; su cara se ilumina al verme; la mía, trata de estar lo
más sonriente posible y de forma serena, transmitirle la alegría en estas horas
que estoy junto a ella. Me siento a su lado, abrazándola muy fuerte. De
inmediato; comienza a hablarme de su tierra natal, de los verdes prados, de las
altas montañas, mientras sus ojos van brillando de hermosos recuerdos. Junto a mi
madre, otras cabecitas inclinadas, con su mundo acuestas. Personas que esperan
recibir una explicación. Esas cabecitas maquinando constantemente, sin poder
descifrar sus sentimientos. -
Pensar; que, una vez
fueron primavera, como hojas adheridas al inmenso árbol de la vida, creciendo firmes
y amplias en cada amanecer por alcanzar la cima de la copa y rodearse de otras
hojas, trepando juntas. Disfrutaban, aprendiendo a bailar con el viento,
calentarse con los rayos del sol y lavarse en las lluvias refrescantes de la ilusión.
-
Mi madre; esa hoja,
que me cobijó durante muchas estaciones; fue desprendiéndose del árbol
lentamente. Ella; es única, nunca creí que fuera a desprenderse de la rama que
la sostenía; mentalmente caía por el desgaste de los años. Mientras en su inclinación;
partía mirando el árbol entero; pero desnudo; estaba segura de seguir viviendo;
tan solo eligió otro lugar. -
Luego, de una breve
caminata por el jardín del residencial; volvimos a su interior. Sentada cómodamente
en el sofá reclinable; le di nuevamente un beso en la frente; inclinó su
cabecita y sus ojos se fueron cerrando mansamente; tal vez imaginando una
primavera donde broten hojas nuevas, que fueron parte de su vida. –
Continuará…
