Amanece, los rayos del sol penetran por la ventana entreabierta del altillo donde he pasado parte de estos meses. Me levanto muy despacio y miro todo el valle verde con sus caminos angostos, los mirlos aprontándose para deleitarse de los manjares de la cosecha. Una suave brisa acaricia mi cara, venerando una despedida. –
Derramo de una jarra,
agua en la cubeta esmaltada de color blanco, que tantas veces humedeció mi
rostro en tantas jornadas. Me dirijo a la parte baja; mis padres ya están
prontos, mi padrino y mi tío, con ropa de paseo, esperan la llegada del señor
de la camioneta grande, la rubia, como le decían, se acuerdan. Nos lleva a la
estación de ferrocarril con el cargamento de tres baúles y allí dirigirnos en
un trayecto por toda la noche hasta llegar al destino final, que nos regresa al
país donde vivimos. –
Bueno…la despedida
con mi padrino y mi tío, es de tremenda tristeza, abrazos, besos, llantos,
sonrisas y no sé cuántos calificativos. Los rostros llenos de lágrimas, es el
presagio por si volveremos a vernos. Ultimo aviso para subir al tren y allí sí,
darnos el ultimo apretón para ascender a bordo. Desde la ventanilla un adiós
con las manos agitándose hasta perderlos de vista. Caras tristes y silencio prolongado,
nos trasladamos a nuestro camarote. Nos fuimos restableciendo de la angustia y
poco a poco volviendo a la normalidad. -
Un llamado por
altavoz, nos avisa que hemos llegado a la estación terminal, donde nos espera
un bus para trasladarnos a la oficina del transatlántico anclado en el puerto.
Despachado todo el equipaje; nos dirigimos a conocer esta hermosa ciudad con su
puerto impresionante, donde alberga barcos de toda escala. Edificios elegantes
de diseños ovales y floridos, anchas avenidas peatonales, llamadas ramblas,
pintorescos mercadillos de alimentos diversos y selección de flores de todas partes
del mundo. –
Una última comida
juntos, en uno de los restaurantes más perdurable de la costa; es el epilogo de
nuestra despedida a la península. Pasajes, anécdotas, momentos de júbilo y
también de dolor; es nuestra receta, escrita con alegría por estos meses tan deseados.
–
Ya nos toca subir al
gran transatlántico, lentamente vamos tomando las escaleras, llegamos a nuestro
nivel de alojamiento, mis padres a un camarote y yo a otro compartido con otro
joven que retorna al país vecino con el nuestro. -
Comienza el desamarre
y muy despacio la enorme nave se va alejando del puerto, una mirada más hacia
atrás para llevarme, aparte de un cúmulo de fotos, una imagen en mi retina que
jamás se borrará. -
Continuará…