Pasaron los días y la Navidad estaba llamando a la puerta de
mi casa. Los hornos de barro y piedra, comenzaban a tomar calor de las ramas
con sus piñas traídas del monte. La mesa de madera cubierta de una enorme masa,
donde mi abuela elaboraba roscas y panecillos dulces. Mi abuelo con la pala, levantaba
los bollos y los introducía en la boca del horno a una temperatura tan alta que todo se sentía confortable.-
Allí, en aquella esquina, junto al aparador, estaba yo, en un canasto de mimbre,
envuelto por un mantón a cuadros, mirando todo el zarandeo de panificación y
humedeciendo el olor tan particular de la elaboración.-
Mi madre, a toda prisa, trae en sus manos una carta que se
la entrega a mi abuelo… la abre con
mucho cuidado y señalándome con un gesto de cabeza…es de su padre.-
‘’ Este viaje es eterno, pero mucho más, lo lejos que te
encuentras hijo mío, no siempre el destino acepta la lejanía, espero que lo reconozcas,
la tirada es cruel, pero te quiero mucho y eso tú lo sabes, tu madre está
contigo y de mis pensamientos no sales.
No te pongas triste, piensa que esto, nos hace más fuerte, tu madre te ama
mucho y no quiero que la distancia sea una barrera para que mi mano te alcance ’’.-
Continuara…
