Luego de estar unas semanas en reposo por la herida recibida en tiempos de malla y entrando en el mes de abril del año 1954, con la primavera, comienzo a explorar los alrededores de las tierras perteneciente a la familia.-
Hoy es un día de
contacto con la naturaleza misma, corriendo por los surcos ya preparados para
la nueva siembra, llego a una arboleda llena de castaños, cerezos e higueras.
Siento un cantar de jilguero en la copa del castaño, me subo “soy buen
trepador” y encuentro un hermoso nido con cuatro huevitos chiquitos, llega la
mamá y muy atenta a lo que hago, observa todos mi movimientos. Despacito, bajo
para no molestarla y me subo a la higuera, tengo hambre y deliciosas brevas de
color morado, tentaban mi paladar, arranco una, en su interior semillas rojizas,
al introducirlo en mi boca, un líquido casi celestial baja por mi barbilla.-
Cuenta mi padrino que
todo aquel ser, que descansa debajo de una higuera existe un desafío para los
valientes, la leyenda cuenta de que si se sube a la higuera en noche de San
Juan y soporta gritos y aullidos sin temores, se puede arrancar una flor de la
higuera y colocarla en el pecho. Quien se animaba a esto, al día siguiente la
fortuna le sonreirá.-
No contento con ello,
me dirijo al árbol de cerezos, hermosos frutos rojos de un gusto mágico,
delicioso, único.-
De regreso a casa, al
lado del camino, encuentro un huequito rodeado de musgo entre dos piedras, un
nido de “carrizo” y él estaba allí, tan pequeño como una nuez, me mira, como diciéndome,
“hola, soy muy chiquito, espero verte cuanto pases por aquí”….
Continuará…
