Llegados al aeropuerto de esta hermosa tierra donde nací; en el estacionamiento, nos espera el coche arrendado. Con muchas ilusiones. Mi amigo, chofer mediante y yo, mapa carretero en mano, emprendemos destino hacia el sur, con la sociedad de nuestras referentes compañeras. –
Llegando a nuestro
primer destino, en tierras del andaluz. Hacemos una pausa para deleitarnos con
esos manjares de tapitas…mini platitos de exquisitas especies marinas. Como el
auto no trajo radio; decido ir a una tienda de artículos de música y comprar un
aparato reproductor de casetes con dos parlantes y así viajar escuchando música
residente. –
Llegamos a la costa.
Ya es noche tardía, nos consignamos a un hostal a descansar en nuestra primera
noche de paseo. –
A la mañana, luego de
un suculento desayuno; reiniciamos el recorrido por toda la costa hacia el
norte para llegar a la frontera, entre el país ibérico y la tierra gala. El
lugar, es un espejismo, la carretera nos va mostrando los altos picos nevados. Sus
casas arribadas de un libro de encantamiento, con sus chimeneas y techos con
tejas de un rojo envejecido. -
Al traspasar la línea fronteriza, un nuevo panorama
llega a nuestros ojos. Desfiladeros verdes como aceitunas. Tierras labradas con
un delineamiento arquitectónico, convirtiéndose en un tablero de ajedrez sin
límites. -
Ya en país galo,
llega el instante del descanso carretero. Una posada a la vera del camino, nos
invita a deleitarnos con sus horneadas baguettes; un pan alargado de exquisito
aroma y de una miga esponjosa. Unos bocadillos de jamón, es la delicia de nuestros
abdómenes, acompañado de un delicioso vino blanco, elaborado por los dueños del
establecimiento. -
La campiña gala, es
fantástica. Continuamos bordeando la costa, hasta llegar a un centro muy
poblado. Un pequeño principado, situado entre las montañas y las tranquilas
aguas del mar. Acertamos en dar una recorrida por el lugar y conocer su
esplendor arquitectónico, sus calles estrechas con sus castillos agrupados en
prolongadas escalinatas. –
Continuará…
