La llegada de mi hija menor; nos llena de emoción. Siendo las once horas, aeropuerto mediante, asoma con su carro de equipaje y una gran sonrisa. Están presentes; sus hermanos, sobrinos, su abuela, sus amigos de siempre y nosotros dos. Abrazos con expresiones de júbilo por su retorno, aunque sea por pocos días. Si bien, su visita es brindarnos su alegría, también viene al bautismo de su sobrino pequeño; en relación madrina. –
Domingo once de
febrero; estamos por entrar a la magnífica iglesia, donde será bautizado mi
segundo nieto de apenas seis meses. Sus padres, los padrinos, familiares y amigos,
se encuentran presentes. -
La iglesia, es una maravillosa basílica, construida en el año mil novecientos
trece; muy humilde y bella, formada por una nave central y varias naves
laterales a las que se accede mediante unas series de arcos y columnas. En el
altar se encuentra la imagen que le da su nombre. Al entrar; se ve, de un lado
y del otro, diferentes imagines de mármol de los primeros arzobispos y presbíteros
de la ciudad. A un sector de la misma, una antigua pilastra bautismal, labrada
en blanco mármol y un órgano del mismo período. –
Suenan los acordes
del órgano; en la pileta de agua bendecida, se encuentra el sacerdote,
acompañado de dos monaguillos. Muy sonriente en los brazos de la madrina; a su
lado, el padrino, un amigo muy cercano del padre. Más atrás sus jóvenes padres
y nosotros, junto a mi primer nieto, su tío y amigos. Comienza la ceremonia bautismal
y en el instante, donde el clérigo vierte el agua bendita sobre su frente; en
un pequeño movimiento; el crío, con las palmas de sus manitos, agita el agua de
la pileta con animosos golpecitos. El propio servidor del altísimo dice…” creo que esta mejor así…ha surgido una nueva
forma bautismal; se siente muy contento, que continúe… mientras tanto, nosotros
…disfrutamos de su alboroto…”. –
Culminada la
ceremonia; nos dirigimos a un restaurante en plena rambla; que anteriormente
había reservado para tal ocasión. Allí, brindamos hasta las últimas horas del día.
-
Llega el momento de
las despedidas y los augurios por el nuevo componente de la familia. Mientras
tanto, en una conversación reservada; mi hijo, comenta su necesidad de emigrar
hacia el viejo continente con su hermana. La noticia, tanto a su madre como a mí,
nos toma por sorpresa. Por un lado, me entristece la separación de otro hijo;
pero veo en su rostro, el entusiasmo por buscar nuevos horizontes. –
De nuevo, en la
terminal de los sueños; mis dos hijos, emprenden el vuelo hacia el viejo
continente. Uno, buscando anhelos de formación y la otra a su trabajo, dispuesta
a lograr los más altos prendimientos a nivel comercial. -
Continuará…
