Luego de varias semanas; los señores, donde trabaja mi madre, le cedieron un descanso de tres días; aprovechando esos momentos, hoy, nos tomamos el bus que pasa sobre las siete de la mañana por la carretera principal. Muy elegantes, mi madre con vestido negro y zapatos de charol, con un hermoso collar de perlas ajustado a su escote, realza su belleza de su cara blanca y el alto permanente de su pelo; yo, con traje blanco y camisa abotonada hasta el cuello, con zapatos marrones, me sentía importante.-
Rápidamente subimos al bus, nos colocamos del lado de la
ventanilla, lo más cercana a la puerta
de acceso; es la primera vez que subo a este vehículo rumbo a la ciudad.
El motivo, sacarnos una foto, para
enviarle a mi padre en América, pues hace mucho tiempo, desde su partida, no
tenía nuestra imagen; han pasado cinco años.-
Durante el trayecto,
mis ojos no dan abasto para ver tanta preciosidad de paisaje, pueblos de
pequeñas casas que van quedando atrás por la velocidad del bus, puentes y rías
dibujan mapas de colores, hasta llegar a la terminal.-
Comenzamos a caminar
por el paseo marítimo, de un lado, la gran avenida, respaldada por edificios de
grandes ventanales y al otro lado, el inmenso puerto, albergando conjunto de
barcos pesqueros, lanchas y cargueros de
gran calado. En el medio de la avenida una gran torre cilíndrica de piedra
gris, sostiene en su pico un gran reloj de cuatro caras, las agujas marcan las diez de la mañana. Un
señor vestido de blanco, ordena el movimiento de los vehículos, dejando pasar
de vez en cuando a los pocos transeúntes que a esa hora circulan. Cruzamos con
mi madre hacia una callecita estrecha y a pocos metros, entramos a una chocolatería
y degustar unos ricos churros.-
Ya es mediodía, hora
de descubrir la casa del fotógrafo;
subimos por una escalera en forma de caracol, con escalones y baranda de mármol
hasta llegar al segundo piso. Allí, un señor nos dijo “adelante…tomen asiento,
por favor “…
Continuará…
