Principios del año mil novecientos setenta y tres; una buena noticia llega a nuestros oídos. Se trata de una invitación por parte de los padres de mi cónyuge. La compra de dos casas similares, cerca del colegio donde hice mis primeros estudios. La madre de mi hijo, hace unos meses que se siente muy sola, dado que, trabajo en forma constante durante catorce horas, todos los días del año. La convidada de sus padres es, ofrecernos una de ellas y así tener de nuestro lado, al núcleo familiar que acompañe tanto, a mis ojos azules, como a mi hijo. -
La invitación fue
aceptada y con gran ilusión nos trasladamos al nuevo barrio, a escasas calles
del majestuoso santuario nacional. –
Transcurren los días
y a medida, que tengo horas libres, me dedico a poner la nueva casa en
condiciones; ya que requiere algunos arreglos y ajustarla al nuevo estilo de
vida con el niño. Llega el momento de hacer la mudanza. La casa esta pronta para
habitarla. Está compuesta de un jardín de entrada, al cruzar la puerta, una
amplia sala, destinada al living. Una escalera de madera al costado izquierdo,
da trayecto a la planta alta donde está la habitación principal; al costado una
puerta de metal, da lugar a una amplia terraza. Continuando su distribución,
luego del living, por un estrecho corredor a la izquierda, está la cocina, el baño y más adelante otra habitación, donde decidimos, instalar una
sala comedor; otra puerta de metal nos lleva a un pequeño patio interior. –
Llegó el día de la
mudanza, un camión de mi amigo itálico, que realiza fletes donde tenemos ubicado
el restaurante, nos ofreció sus servicios. Con amigos, cargamos el vehículo con
los muebles que habitamos hasta hoy. Llegamos a la nueva morada. Aligeramos
todo, llevando cada cosa a su lugar adecuado. La cuna del niño, la ubicamos en nuestro
dormitorio y así poder estar cerca de él, en las noches. Un gran cajón de
verdura, forrado con una manta de color marrón, se convierte en su primer
corralito, donde están sus juguetes y pasa entretenido la mayoría del tiempo. –
Al ver, las miradas
de felicidad, por el cambio; llegó la hora de un descanso reparador. Besos y
abrazos muy apretados, los tres nos dejamos caer en el lecho y mansamente los ojos
se fueron cerrando. -
Continuará…
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