Llegado el invierno de 1949, con mis casi dos añitos, sucedió algo inesperado. Comencé a sentirme mal y mi piel cada día estaba más oscura; todos corrían de un lado a otro; los vecinos presurosos, tratan de poner calma, nadie imaginaba lo que me estaba pasando.-
En ese entonces, los males colmaban a casi todos los pueblos del norte, unos decían que era la
herencia de la posguerra, otros a la
hambruna; los recursos médicos eran escasos y a veces necesitábamos de una
comadrona para asistirnos.-
A todo ello, yo estaba cada vez peor…perdí el conocimiento.
“La historia cuenta que a lo largo de esa etapa crítica, una
señora me aisló en un colchón de berzas, las humedeció y en una bandeja me introdujo
en el horno, aún tibio por la cocción anterior de bollos de maíz; no habían
pasado diez minutos, la llegada mi padre preguntando donde estaba y…todos con
la cabeza gacha y el brazo extendido marcaban el horno. Mi padre, no dudo un
segundo y tomando una bolsa vacía de patatas, tira hacia fuera y me puso en un
cesto abrigándome de mantas y paja. Rápidamente aviso a nuestro vecino; él
tenía un camión pequeño; sin el menor titubeo, prendió el motor para llevarnos
junto a mi madre, a la ciudad más próxima. Llevándome en sus brazos hacia el interior
del hospital, una enfermera, me depositó en una camilla y corriendo logré llegar a un cuarto con mucha luz blanca, resignaron internándome
durante veinte días, con inyecciones, una
por día, hasta que recobré la noción”.-
Hoy con cuatro años…nunca supe cuál fue mi enfermedad…
Continuará…

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