EL RÍO

 




Los días eran muy comunes; hoy, mediados del año 1953, voy de paseo con mi abuelo a recorrer los lugares afines a su pertenencia. Caminamos por un sendero que apenas entraba el  carro con dos vacas, me ubico en la parte de atrás y mi padrino lleva las riendas delanteras. Todo es fascinante, a  los costados, ataviando el pasaje, matorrales de frutas silvestres como la moras en sus colores negro y rojo; plantas de flores amarillas llamadas “toxos”, adornan el camino.-

Me dijo: “en aquel prado, apastan las vacas y un día, tú cuidaras de ellas, para irte acostumbrando a la labranza y a los olores de la tierra húmeda y fértil que nos da el alimento tan necesario para alimentarnos todo el año”.-

Llegamos a la tierra sembrada de maíz y trigo; me muestra cuatro figuras ubicadas en el metraje de la siembra, enormes espantapájaros, adornados con latas para que el roce del viento las haga sonar espantando a los mirlos y otras especies de aves, para que coman las semillas.-

Luego, dejamos que las vacas saciaran su sed a la orilla del río y logramos llegar a su desembocadura, tan cristalino como ruidoso, su golpeteo constante en las piedras pulidas por el tiempo, es una interminable melodía refrescante. El calor de la tarde, invitó a darme un baño, bajo la atenta mirada de padrino, me sumerjo en su rocoso cauce y siento la frescura del agua pura, que con mucha fuerza acaricia mi cuerpo de encantados frotes.-

La noche se hace presente y emprendemos el regreso a casa, al llegar, mi abuela tiene la cena pronta y esta vez, me encuentro con la sorpresa; mi comida preferida: unas ricas patatas fritas con huevos y una rodaja de pan de maíz con pimientos.-

 

Continuará…


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